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Enfermedades
En el
cultivo de trigo y especialmente en sistemas de producción con expectativas
de elevados rendimientos, debe realizarse un adecuado manejo de las
enfermedades más frecuentes en cada región para evitar que su presencia
limite el potencial productivo. Las consideraciones que a continuación se
detallan tienen la premisa básica de la utilización de una semilla sana o
adecuadamente tratada, con buen vigor y poder germinativo. Con respecto a las
primeras decisiones, en este sentido se debe tener en cuenta la mayor
predisposición a enfermedades bacterianas que el microambiente creado por el
riego puede inducir. En el área pampeana, se ha detectado con frecuencia en
este modalidad de producción la mancha estriada bacteriana, cuyo agente
causal es Xanthomonas campestris pv. undulosa, que produce también la
sintomatología de espiga negra o black chaff. Esta bacteria puede persistir
en residuos del cultivo y en malezas gramíneas, pero la principal fuente de
introducción es a través de la semilla. Hasta el momento no existen
tratamientos curasemillas eficaces para su control. Se han evaluado distintas
alternativas de control por medios físicos y químicos, pero no son factibles de
realizar en grandes cantidades de semilla, son inseguros para la viabilidad
de la misma, o no resultaron tener la eficacia esperada. Por lo tanto, es muy
importante el uso de una semilla sana, proveniente de un área de secano y de
un cultivo no infectado. Otro aspecto importante
en la calidad de la semilla es la presencia de granos punta negra, producida
por los hongos Alternaria spp. y Bipolaris sorokiniana, y otros patógenos
débiles o saprófitos que son favorecidos por un ambiente húmedo y cálido al
final del ciclo del cultivo. En el área pampeana
central norte, las enfermedades comunes que pueden alcanzar mayor severidad
son la roya de la hoja (Puccinia recondita f. sp. tritici), la mancha de la
hoja o septoriosis (Septoria tritici), la mancha bronceada o amarilla
(Drechslera tritici-repentis) y el golpe blanco o fusariosis de la espiga
(Fusarium graminearum). La importancia relativa de cada una de ellas
dependerá de las condiciones de ambiente favorables a las mismas durante el
ciclo del trigo y de algunos aspectos de manejo del cultivo. Este último
punto se refiere principalmente a la elección del cultivar en cuanto al ciclo
y comportamiento sanitario, al sistema de labranza utilizado y a las
rotaciones. La elección de la
variedad para producir trigo con riego suplementario debería considerar una
adecuada evaluación de la resistencia genética a las enfermedades, teniendo
en cuenta también el manejo y la ubicación del cultivo en cada sistema de
producción. En los sistemas de labranza que mantienen residuos en superficie
debe tenerse en cuenta que se ven favorecidos los patógenos necrotróficos
causantes de la mancha amarilla, septoriosis de la hoja y fusariosis de la
espiga. En la zona central norte hay evidencias de que la paja de trigo
necesita al menos dos años para descomponerse, hecho que debe tenerse en
cuenta al planificar la rotación. El cultivo antecesor
también puede tener influencia en algunas enfermedades. Es el caso de la
fusariosis de la espiga que adquiere mayor severidad en condiciones ambientales
óptimas para la enfermedad cuando el trigo sucede al maíz, cultivo también
susceptible a F. graminearum. En condiciones altamente conducentes a la
infección y desarrollo de esta enfermedad, la alta capacidad saprofítica del
patógeno asegurará la disponibilidad de inóculo y por lo tanto de la
enfermedad en cualquier situación de cultivo. Sin embargo, los efectos de la
misma serán menores si el trigo tiene como antecesor a un cultivo de soja y
especialmente si no está en siembra directa. La resistencia genética a
estos patógenos es de tipo parcial y en los cultivares disponibles aún no se
ha alcanzado un nivel satisfactorio. Sin embargo existen algunos cultivares
con susceptibilidad moderada que en el contexto de un manejo integrado de
estas enfermedades, contribuyen a reducir los efectos negativos de las mismas
de manera eficiente y económica. En años en que las
condiciones climáticas crean un ambiente favorable a la infección y
desarrollo de enfermedades foliares y de la espiga durante períodos críticos
del cultivo, las medidas de control cultural pueden resultar insuficientes
para garantizar un nivel de rendimientos y calidad acorde a la inversión
realizada en el cultivo. Por lo tanto, se debe considerar la posibilidad del
control químico de manera complementaria. El período de riesgo de
pérdidas de rendimiento por enfermedades foliares que justifique la
protección química comienza con el encañado y se prolonga hasta inicios de
formación del grano. Las reducciones de rendimiento son mayores cuanto mas
temprano en el ciclo del cultivo se inicie el desarrollo epidémico de la
enfermedad. Hasta la floración, las pérdidas se deben a la reducción del
número de granos por espiga y del peso del grano, mientras que en infecciones
tardías el componente afectado es el peso del grano. Para la determinación del
momento de aplicación deben realizarse inspecciones semanales desde la
aparición del primer nudo, recorriendo todo el lote en diagonal y tomando
muestras de tallos principales en un número representativo no menor de 30.
Así se evaluará la severidad en las hojas verdes totalmente desplegadas,
entendiendo por tal la proporción del área foliar cubierta por pústulas en el
caso de roya de la hoja, o de áreas necróticas cuando se trate de manchas
foliares. Una severidad promedio de 5% indica el momento oportuno para la
aplicación. Si la primera aplicación
fue temprana, es decir antes del estado de embuchamiento y considerando que
la persistencia de los fungicidas es de aproximadamente 25 días, es probable
que sea necesaria una segunda aplicación si continuaran las condiciones
ambientales favorables a la enfermedad y volviera a alcanzarse el nivel
indicado de severidad. En esta situación, el segundo tratamiento se realiza
también con el objetivo de protejer al cultivo contra fusariosis de la
espiga. Si las condiciones de
ambiente hacen prever una infección de fusariosis de la espiga, es necesario
ajustar lo mejor posible las variables que pueden influir en la eficacia del
tratamiento que generalmente no supera el 60%. El tratamiento debe ser
preventivo, es decir antes de la aparición de los síntomas. Sin embargo, la
mayor eficacia se logra con aplicaciones en el momento crítico para la
infección, que es el de máxima exposición de anteras en el cultivo. Como ayuda en la toma de
decisión para aplicar el tratamiento puede ser de utilidad el modelo
predictivo de incidencia de fusariosis desarrollado en nuestro país (Moschini
y Fortugno,1996; Moschini et al,1997). El modelo está basado en la
observación de variables meteorológicas en un período sensible desde el
inicio de la emergencia de espigas y principios de llenado de grano. Las variables climáticas
se cuantifican desde el inicio del período sensible hasta el octavo día, que
corresponde aproximadamente a la máxima exposición de anteras. Llegado este
momento, si la probabilidad de infección no justificara aún el tratamiento,
se puede considerar el pronóstico meteorológico extendido para los siguientes
3 ó 4 días. Los mejores resultados se
obtienen con aplicaciones terrestres de los fungicidas recomendados
utilizando volúmenes de agua no inferiores a 200 l/ha. También se han
observado excelentes resultados con aplicaciones realizadas con los equipos
de riego de pivot central y de avance frontal. En caso de ser inevitable el
tratamiento aéreo, éste debe realizarse con un caudal mínimo de 15 l/ha,
debido a que gran parte del éxito del tratamiento se debe a un completo
mojado de las espigas y por lo tanto de las anteras, sitio principal de
penetración del patógeno. Jorge Fraschina, María
T.V. de Galich y Angel N Galich Grupos Mejoramiento de
Trigo y Patología. EEA INTA Marcos Juárez.
Proyecto IPG
Fuente
de la información:
www.agromail.net
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